domingo, 16 de diciembre de 2012

En parte

Y unos meses después de volver de China, ésta sigue siendo una de mis imágenes preferidas. El gato viejo, blanco, sucio y pacífico que mora en el parque de un Beijing glaciar.


De la fotografía hace un año. Yo sigo allí, en parte.



martes, 26 de junio de 2012

Notas al vuelo durante el viaje a Qingdao

Acostumbrado hasta ahora a la decepción de unos trenes que pertenecen a la época en la que el vagón realmente correspondía a la imagen evocada, cuánta alegría al comprobar que bien pasaré las cinco horas del viaje en un vehículo nuevo y que por lo menos pretende a moderno. Los chinos, en mangas de camisa y cargados con fardos, se me aparecen como anacronismos con patas, viajeros del pasado abducidos por un presente que debe ser futuro. Y es que el azúcar se echa cuando ya tienes listo el café.

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En este viaje me  he dicho: “eres el chico que lee a Camus”. Una bonita identidad perecedera.

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Silbidos y golpes de silla. Fuera parece verde, pero cuando cae la noche sólo veo mi reflejo. Leo el Cuaderno de Viaje, muy apropiado. Me gustan este tipo de coincidencias. The Hound of Baskerville. Me gusta la idea del miedo como estímulo para alterar la realidad. Aunque visualmente muy resultón, no me convence tanto el arreglo explicativo por el que han optado en esta adaptación. Quita mérito a la conciencia, resta poder a la capacidad humana de temer. No quería que fuera artificial o inducido. Temor de dentro. Bien, de todas formas.

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No quiero negociar el precio con el taxista. Es tarde y necesito llegar al hostal. Me carga tarifa doble: nocturnidad y extranjería. Es igual. Tiene un acento divertido, así que trato de sacarle conversación. No sintonizamos bien. Yo soy un poco reservado, él grita raspando la garganta. La carrera es un paseo. El lunes volveré a pie.

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Noche irregular. La litera está dura, aunque limpia y en condiciones. Durante la noche han ido entrando el resto de compañeros de habitación. Esta mañana les he echado una ojeada mientras todavía dormían. Dos muchachas pelilargas, piernas blancas, pantalones deportivos. Un chico flaco color café, pelo ralo y que se encoge como un niño. Dos chinos, mediana edad, gesto de piedra. Un británico o irlandés, que duerme la mona con cara de besugo.

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Estoy en el bar del hostal. Café carísimo. Me abstengo. He adquirido un mapa. Soy viajero con mapa. No sirve de nada haber señalado algunos puntos de interés. No me decido por salir. Mucho tiempo. El día está gris, hace algo de fresco. Quizás llueva. No sé si aprovecharé lo que tengo. Me veo regresando antes de tiempo. Qué desazón. Los camareros limpian el lugar. Enorme. Ordenan las bolas de billar. Bien. No estoy solo. Hay una rubia dos mesas más allá que no se despega del portátil. Su querido va y viene, mayormente va. Tecletea. ¿Trabajo? Quizás esté preparando el día como yo. Me digo que cuando ella decida marchar será mi turno. Pero tal vez no deba esperarme tanto. Ya veremos.

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Dos españolas se han sentado atrás. No se aclaran con los años que lleva Merkel como canciller. Me levanto y me voy.

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El aire es más ligero que en Beijing, sopla con suavidad, sin la violencia de la capital. Sonrío conforme llego al mar. Lo echaba de menos. El mar. No es mi mar, pero me recuerda a él. No estoy siendo infiel. No quiero cometer adulterio. No flirteo. Contemplo, nada más. Lleno la vista como si apreciara una criatura distinta, la prima de mi flor, más morada, pétalos puntiagudos, pistilos largos. No es un mar bonito, pero es viejo y tiene carácter. Resiste todo lo que le eches, aunque ya se nota el ajado en sus costuras. El mar fascina, la luna fascina. Camus hablaba de su añoranza al mar cuando visita América. Lo acabo de leer. Como Camus, no me pierdo en el mar, me vuelvo a encontrar. Me acuerdo de Mishima, el mar y el marinero que perdió la gracia de éste. Pienso en otros más, en cajones, en mi mente, pero no consigo recordar sus nombres. Es igual, ahí están, oda al mar. Algo de su amor queda impregnado en mí, como seguro viene heredado de otras generaciones. El primer amante del mar no amaba más que el de ahora, pero sí fue más importante. El sentimiento crece. El mar sigue igual.

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Frutas: cocos, lizhi, piñas, albaricoques. Otras que no tengo catalogadas. Pulpos y calamares. Estrellas de mar. Todo a la barbacoa. El olor es muy fuerte. Los chinos mastican, desgarran la carne elástica del palillo de madera. A todas horas. En todas partes. Me agobia este paso por las playas. Out.

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Una china viste una camiseta donde se lee “Pray for Japan”. Las puertas de los astilleros llevan estrellas rojas con un ancla y dos cabos enredados como culebras.

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Un mendigo en el puerto. Es albino. Le falta un brazo.

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Estanque de nenúfares y lotos. Dos hombres echan la caña tras el cartel de prohibido pescar. Sonrío.

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El parque de estatuas es aburrido y artificial. En el pasado fue cementerio de alemanes. Ni siquiera se siente camposanto. Me marcho sin completar la visita.

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Callejeo. Hacía tiempo que no me perdía. No tiene gracia callejear en Beijing. No te puedes perder en Beijing. En Qingdao las calles están desniveladas, distribución europea. Se cruzan, se cortan, culs-de-sac, garfios. Qué gozada. Llego al distrito universitario. Qingdao se enorgullece de su instituto especializado en investigación de la biología marina. Tranquilo, peatonal. Robles en cada acera. Tres graduados en sotana. Me dejo orientar por el olor a sal.

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He visto en tres ocasiones distintas el mismo coche turístico. Una cáscara de nuez rojo sangre, vieja, sucia, petardeante. En la ventana trasera hay impreso con pintura blanca el número de teléfono, 6666 6666.

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La tarde en el hostal gotea poco a poco. Siento como que me queda poco por ver de la ciudad. Viajando solo me rindo a mis caprichos introvertidos. En compañía me hubieran obligado a salir a quemar tiempo. Como no es impulso natural, me quedo en el lounge. Aunque me gustaría ser obligado a coger la puerta. Me falta el contrapunto.

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Rubios, rubias, morenos y morenas se juntan en pequeños grupos. Small talk. Ellas parecen ansiosas. Ellos juegan con un bajo perfil cool. Yo leo Camus y de tanto en tanto les echo una ojeada. También son comunes los grupos de chinos jóvenes, pero duran poco antes de desaparecer sin avisar. Miro. No tengo interés en hablar, sólo quiero escuchar y observar.

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Una pareja joven de alemanes. Ayer por la noche coincidimos en el check-in. Hoy comen dos mesas a mi izquierda. Él es dicharachero, ella está loca por sus huesos. Bromas, juegos, muy físicos. No sé sus nombres, no nos hemos presentado.

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Después de la cena el lounge vive unos momentos de agitación. Parejas que mojan el reposo en cerveza, grupos agotados que charlan entre murmullos, unos franceses que machacan el futbolín. Merde! Aim gonna kique jour asse! Un indio cuela una litrona de Coca Cola. Estoy cansado. El partido no empezará hasta dentro de tres horas. Me voy a la cama.

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Hoy sí he desayunado, y ha valido la pena. Despreocupado por la hora, me he levantado a las diez y me he acicalado como un gato, en silencio y con paciencia. Una chica se ducha al otro lado de la pared. Si me concentro puedo escuchar cómo se enjabona, manos por el vientre y los costados. El sol pega fuerte hoy.

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En una ciudad que fue colonia resulta curioso que el extranjero sea visto todavía con curiosidad. Perdido entre calles y cruces endemoniados soy asaltado por chinas de intenciones desconocidas, que huyen cuando les dirijo la palabra como si confirmara algún temor oculto. Se disculpan en inglés. A mí me cuesta ya fiarme de su inocencia. Este país te vuelve desconfiado.

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Esperando en la estación de autobuses. En la puerta tres descamisados se ofrecen a llevarte donde quieras. Los demás les ignoran como ignoran a mendigos y deformes.

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Dos occidentales hacen su esperpéntica aparición de rubios, grandes y pálidos, como dos osos polares en la reserva de Yellowston. Les veo discutir en inglés con las taquilleras. Ella espera al lado del dispensador de agua caliente, convirtiéndose en la atracción de todos los chinos, que de pronto quieren rellenar sus termos de té. Parecen frustrados. Me acerco un poco y ella solícita me sonríe. Empezamos a hablar. Son australianos, estaban de viaje por Corea y en un arranque aventurero decidieron coger un ferri hasta Qingdao y hacer algo de ruta china. No tenían nada planificado y esta falta de antelación les estaba comiendo tiempo  y oportunidades. Necesitan ir a Beijing, pero no quedan billetes ni de tren ni de autobús. Se les había ocurrido acercarse hasta alguna ciudad próxima y hacer noche, pero también aquí tenían problemas. Les echo una mano proponiendo algunas posibilidades. Aunque optimistas, se les nota abatidos. Los riesgos, pienso. Ellos lo saben. Intentarán de nuevo coger algún tren. Mi autobús a Lao Shan va a salir. Nos despedimos efusivamente.

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El recorrido lame la costa y sus playas, todas ellas enumeradas (nº2, nº4, nº6…). Los asientos son de cuero, en el techo hay dibujos infantiles de calamares con ojos divertidos. El día se va aclarando, vuelvo a ver el azul en el cielo.

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Afortunado encuentro en las taquillas del Lao Shan. James, Carolina del Sur, undergraduate en historia. Masa, osakeño, con la constitución de un jugador de baloncesto y un inglés muy canadiense. Ambos estudiantes internacionales en Dalian. Hacemos buenas migas rápidamente.

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Somos la atracción del autocar hasta el pie de la montaña. Los chinos comparan entre risas el vello de mis piernas con las suyas. James y Masa se deshacen en wohas conforme subimos la sierra. Formaciones calcáreas que parecen vértebras redondeadas sobresalen de una vegetación fresca y de sana clorofila. Buen momento para la visita.

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Apretados por el reloj saltamos las escaleras de dos en dos, esquivando ancianos, parejas y niños pequeños. Árboles con las ramas atadas por sortilegios de buena suerte.

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La cima nos espera con una pasarela de casi dos mil años. Los chinos descansan mordisqueando pepinos, adquiridos a una reencarnación de Laozi que los mantiene a refresco en varios barreños.

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Entre la bruma distingo la bahía de Qingdao.

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Regreso relajado. Paseo por las playas, conversando con James y Masa. A las ocho sale su avión. Nos despedimos entre abrazos.

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Completamente derrotado. Bebo tranquilamente mi última cerveza en Qingdao y observo el siempre interesante lounge del hostal. Una polilla de rusa, chiquita, flaca y de mirada afilada revolotea entre las mesas hablando con todos un poco. Me dice que lleva diez días ya en Qingdao, aunque sólo tenía planeado quedarse tres. Un francés le hace los moves a una americana en la barra, pero por muchas ganas que le ponga no consigue atraer su atención. Un chino se ha quitado la camiseta y patina su torso moreno por el tapete de la mesa de billar. El resto mira su jugada con los cigarrillos colgando de sus labios, arriba y abajo. Un grupo de japonesas juegan a algo llamado “potato chip” a mis espaldas. Una cuarentona entrada en carnes las mira con cierta desaprobación y algo de celos. Ya he tenido suficiente.

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Sueño desordenado, interrumpido por la descortesía de mis compañeros de habitación, que demuestran con sus portazos, golpes y ruidos de bolsas una falta de respeto y educación que más que rabia da lástima. No me entretengo en el check-out.

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 Las aceras me cuentan que anoche llovió en la ciudad. El aire está turbio y desarreglado, con manchas y cortes. Me sorprende encontrar negocios cerrados a las siete de la mañana. 

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La gran sábana blanca vuelve a cubrir el cielo de los chinos. En menos de una semana volveré a la Terreta, y aunque no se podría decir que extrañaré este techo de cíclope borrascoso, sí notaré su ausencia. Esa luz pálida, este azul diluido en detergente. Nubes en amalgama, sol perdido en alguna parte.

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“Todo logro significa una servidumbre. Obliga a otro más alto.”



domingo, 20 de mayo de 2012

Mi gran boda china [Primera parte]


Si en un ejercicio de academia improcedente tuviese que escoger el rite de passage más importante para la cultura china, a priori no lo tendría demasiado difícil: contraer matrimonio. Supone el acto de representación social por excelencia, dos adultos simbolizando una unión alegórica con sus familias y amistades como testimonios de su compromiso para sí y para los demás. También es una muestra de triunfo personal, el logro individual del novio y de la novia, que dejan atrás la mal vista identidad de soltero para perpetuar la institución que heredan directamente de sus padres e indirectamente de la idea social de matrimonio. Es también un negocio bastante rentable en China: la ceremonia, los regalos, la ropa, el convite; las empresas que se dedican a organizar ceremonias nupciales son asombrosamente populares. Para la nueva generación de jóvenes parejas que han madurado siendo ya clase media es a su vez una oportunidad para demostrar poder adquisitivo, para ofrecer pompa y espectáculo. Sus ceremonias cuentan con cada vez menos elementos tradicionales: en la mayoría de casos están orquestadas para que cumplan con caprichos muy específicos y personales, reflejo de una imaginería que mezcla influencia de occidente con nuevas imágenes que afloran en el paisaje de la China post-socialista.

Las bodas en China no son moco de pavo. Sabiendo esto, no puedo negar la alegría que me proporcionó saber que me invitaban a asistir a una. ¡Qué gran oportunidad antropológica! Menudo festín para los ojos. Pero la cosa no se terminó con una simple invitación. Querían que además les “hiciera el honor” de ser uno de los padrinos del novio, nada más y nada menos. Agarraos que vienen curvas.

La figura del padrino es difusa y su importancia poco clara. Para unos más, para otros menos, los hay que prescinden del todo. El softpower americano nos tiene bien enseñados a nombrar padrino a familiares o mejores amigos de los prometidos. Una muestra de confianza, de respeto, o bueno, como queráis llamarlo. Sin embargo, no creo que pueda definir mi relación con los novios precisamente de estrecha. En esta caso en particular éramos tres padrinos (con sus correspondientes tres damas de honor), y así como los otros dos sí que eran amiguetes del novio, a mí me escogieron, sospecho, para darle un toque de exotismo a la ceremonia. Es igual, no tenía ninguna razón para declinar, y no por extravagante iba a tomármelo menos en serio. Además, me brindaba la oportunidad de pasar de sujeto pasivo a formar parte de la acción, una ocasión impagable.

Lo que viene a continuación es una crónica detallada de mis experiencias durante la ceremonia en cuestión. Es detallada, porque creo que en las pequeñas cosas está la gracia, pero esto hace que el texto sea largo. Lo divido en dos entradas distintas para no agobiar al lector. De todas formas, procurad tener tiempo de sobra antes de empezar.

A las seis en punto de la mañana ya estoy en pie. A las siete y cuarto ya tanteamos el terreno, puesto que la ceremonia está prevista para más o menos las nueve y media, a ser posible, no más tarde de las diez. Las bodas en Beijing se celebran todas por la mañana, puesto que interpretan el madrugón como una alegoría del albor de una nueva vida en común. Las razones tampoco parecen ser demasiado importantes ya que en otras partes de China el horario cambia. En Tianjing se celebran por la tarde y en Shanghai por la noche.
El lugar escogido es un parque privado que queda justo al lado de la antigua torre de comunicaciones de la CCTV, un edificio de corte soviéticofuturistasesentero, rehabilitado hoy día como atracción turística. En lo alto del pirulí tienes un mirador desde el que tendrías una panorámica cojonuda de la ciudad si la capa de mierda atmosférica no la cubriese entera como jabón sucio. El espacio reservado queda al oeste de la torre, y a pesar de ser una atracción turística popular para tours del INSERSO chino, queda convenientemente recogido y la sensación de privacidad está muy conseguida. La parcela está resguardada por una valla de altos setos, cubriendo un espacio de unos 800 metros cuadrados, quizás más. Un camino de piedra separa los dos espacios principales: una pradera a la derecha en la que dejar sueltos a los niños para que hagan el cabra, y un patio de césped más pequeño en el que se llevó a cabo la ceremonia en sí. Este patio queda enfrente de una cabaña de madera al estilo pionero norteamericano.

Barad-dûr anémico

Pasarela de pétalos, para ser originales y tal

Lo del centro será más adelante el altar


Como llego con los padres del novio, me da tiempo para seguir los preparativos. Han contratado a un equipo de organizadores, todos muchachos jóvenes con el pinganillo en la oreja que van de un lado a otro bajo las órdenes de su director. Los machacas colocan las sillas, la decoración, el equipo de sonido, se aseguran de que todo está en orden y funcionando. También tienes maquilladoras, manipuladores de alimentos y fotógrafos. Estos últimos (conté hasta seis) se pasaron la previa a la ceremonia revoloteando a nuestra vera no sólo tomando fotos au natural sino haciendo teatro, mandándonos posar ahora de lado, ahora de culo, ahora a lo gangsta, forzando las situaciones hasta el aburrimiento. De todos los distintos sets por los que nos hicieron pasar, destaco el de vestir al torero: uno a uno, los tres padrinos fuimos retratados ayudando a colocar el traje al novio, a cámara lenta en un cuarto a semipenumbra, desde los pantalones hasta la pajarita. Y hablando de pajarita: la novia nos regaló a los tres best men una de color rosa fucsia chillón para diferenciarnos de la plebe. Una monada.

Ya que estoy, hablaré del vestuario. En esta ceremonia me llevé dos sorpresas. Una: ninguno de los asistentes vistió ningún traje que recordase siquiera remotamente al corte tradicional chino. La mayoría de las mujeres (jóvenes y mayores) prefirieron optar por los conjuntos de dos piezas, siendo blusa o torerita más falda lisa la opción preferida. Las damas de honor lucían un vestido verde esmeralda de palabra de honor bastante resultón. La novia es para tenerla en consideración a parte, puesto que durante el día llevó hasta tres combinaciones distintas: el vestido nupcial blanco, de cola larga y falda a pliegues, con diadema en vez de velo; una adaptación más ligera de este último, destinado para un propósito que desvelaré más adelante y, ella sí, un qipao rojo china durante el banquete que no pude observar con detenimiento. La segunda sorpresa es que no todos los invitados acudieron bien vestidos: los más ancianos asistieron con ropa humilde, de diario, camisa amarilla y pantalón de faenar, incluso uno llevaba una gorrita, que, eso sí, se quitó durante la ceremonia. Aunque quien se lleva la palma fue uno de los amigos del novio, que vino con un polo a rallas, pantalones piratas y sandalias, hecho un campeón. Sin embargo, por lo visto fui yo el único extrañado. Ambas familias estaban al tanto de tal circunstancia y procuraron traer un madejo de corbatas de reserva, por si a alguno de los invitados más austeros le apetecía engalanarse un poco durante un ratito.

Los padrinos funcionamos como floreros con cara. Pasamos gran parte de la recepción en la entrada, saludando a los convidados, recibiendo fotos por doquier y contestando sucintamente a los cumplidos de rigor. Al servicio del novio, sólo se requería buen plante, buena sonrisa y paciencia.  Foto aquí foto allá. Una prueba de resistencia para los riñones. Llévame esto, tráeme aquello. A pesar de todo, es un rol que inspira cierto respeto, y los novios agradecen tu esfuerzo con regalos (norte de China) o con dinero (sur).

La noche anterior tronó como si se acabara el mundo, por lo que el día amaneció fresquito y con mala cara. Por suerte para todos (porque el movidón que supondría tener que trasladar toda la parafernalia da miedo imaginarlo), el cielo se aguantó las ganas y pudimos proceder con tranquilidad.

[Continúa en la siguiente entrada]

viernes, 2 de marzo de 2012

Per la finestra escolte els gats miolar

Per la finestra escolte els gats miolar.

Són miols greus i ferotges
enèrgics, desesperats
com ascendents del calvari
el calvari dels gats
que és el carrer fred

Miolen dos o tres gats
es barallen, es contesten,
ploren penes o això vull pensar.

Els gats quan miolen així estan confrontats.
Vigilen en tensió,
desafiants, o això volen
covards, o això semblen
i es miolen, forts miols, llargs miols,
amargs, trencats,
durant hores.

Treuen les ungles, ensenyen les dents
estufen el llom, mouen les cues
però no arriba mai el moment
de batre's en noble duel.

Passen les hores de nit
quan els gats miolen

Escolte els gats que miolen
com si fos vent que xiula
per flautes de pedra

Tanque els ulls i els veig
amagats sota els cotxes
darrere la brossa
entre les fulles
miolant a cegues
miolant de por
de por dels gats
de por dels miols

Aquesta nit
aquests gats
que són dos o tres gats
miolaran i miolaran
fins que l'últim gat
deixe de miolar.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Crónica del Sr. Shi, el que comía carne de león


O en chino, 施氏食獅史 (Shī shì shí shī shǐ).

Escrito por el lingüista Zhao Yuanren al chino clásico, toma un doble juego a la hora de esgrimir argumentos a favor o en contra del sistema de transcripción fonética romanizada Hanyu Pinyin, puesto que a pesar de que su lectura es comprensible para la mayoría de los chinos cultos, la cacofonía berreante resultante de pronunciarlo en putonghua (mandarín para los no iniciados) convierte este texto en una verdadera joya para curiosones.

石室诗士施氏,嗜狮,誓食十狮,氏时时适市视狮,十时,适十狮适市,是时,施氏视是十狮,拭矢试,使是十狮逝世,适石室,石室湿,氏使诗拭石室,石室拭,始食是十狮尸,始食是十狮尸,拭释是事。

Transcripción al Hanyu Pinyin:

Shíshì shī shì shī shì, shì shī, shì shíshí shī, shì shí shí shìshì shì shī, shí shí, shì shí shī shì shì, shì shí, shī shì shì shì shí shī, shì shǐ shì, shǐ shì shí shī shì shì, Shì shíshì, shíshì shī, shì shǐ shī shì shíshì, shíshì shì, shǐ shí shì shí shī shī, shǐ shí shì shí shī shī, shì shì shì shì.

Para no sinólogos, la pronunciación del fonema "sh" en chino es expirada, se encuentra cerca de la "sh" de "she" en inglés.


Un venerable anciano al que le gusta engullir leones. De diez en diez. Los adquiere en el mercado. Claro que la historia es lo de menos.


Fuente: Lengua y escritura chinas - Mitos y realidades (Sara Rovira Esteva)

martes, 25 de octubre de 2011

圆明园

Quizá uno de los bienes más preciados en Beijing por visitantes y visitados sea el silencio. El impacto de la metrópolis es brusco nada más pisar la calle, y su continuo bombardeo penetra hasta el tuétano en un afán de ser asimilado como la polución por los pulmones.

Sin embargo, si tienes suerte y sabes dónde buscar (los parques de Beijing, verdaderos oasis inesperados de los cuales me gustaría hablar una vez consiga visitarlos todos), quizá puedas toparte con esto:



Con 圆明园 tenemos el añadido de encontrarnos en unos jardines marcados por el viejo hechizo del recuerdo histórico, un parque expoliado y destruido por tropas británicas y francesas durante la segunda guerra del opio (1860) en venganza por una ejecución sumarísima de occidentales en misión de negociación, que conserva su túnica rasgada para ejemplo de generaciones venideras.

Un aire de melancólico dramatismo, muerta quietud en sus lagos y estanques, vegetación asalvajada de brotes verdes que abrazan cadáveres amarillos. Pasear es recorrer un paraje detenido minutos antes de su muerte, congelado en un estado entre la pérdida y la cúspide del esplendor. Un hálito de cementerio al sol, de pagoda abandonada, de reposo desconocido y tierra que vuelve a saborear la virginidad del mutismo. Es la brazada de la síncopa musical antes de golpear la última corchea, sabiendo que nunca cerrará compás, puesto que el ritmo queda suspendido, flotando, en un margen agridulce de triste y romántica armonía.

domingo, 9 de octubre de 2011

Mongolia Interior

Un naranja terráceo que recuerda el de cítricos todavía verdes que maduran en las ramas a ritmo descompasado. Un relieve puntuado con repentinas irrupciones de montañas rugosas y primitivas, largas y redondeadas, peludas de polvo en hierbajos. Un sol siempre lejano y a media alzada, de blancura apagada y calor tímido. El gigantesco mordisco de cielo, cortado a navaja por un horizonte presentado en su mayúscula expresión, largo y fino en la pradera, a tijera por los montes.

Carreteras nuevas, todavía por terminar, abiertas por todas partes y con cirujanos inyectando cemento y alquitrán en sus bordes. Carreteras viejas que no son más que una cicatriz marcada por el galope de los caballos y, de forma más reciente, las motocicletas de sus pastores.

Nubes de finísima arena que se pega a la ropa como un leve recuerdo. Pisando la estepa, marcas dispersas del hombre moderno: aquí un cartel, allá una torre de conducción eléctrica, al fondo me parece ver un depósito de agua. Asentamientos con olor a cuero y piedras. Casas en ruinas, víctimas de las bombas de la civilización. Pedazos de ladrillo y teca apilados en solares, maquinaria de construcción y derribo en una ambivalente imagen de la situación: destruye y crea, avanza rápido pero sin moverse una porción de China que en muchos aspectos tiene echada el ancla en un momento del pasado difícil de definir.

Tez morena, mujeres con caderas, pelo largo algo grasiento, tiras de gris, un poco ondulado. Abombados por el frío, mirada socarrona, juegan con el de fuera, lucen su sangre. Tridentes, cuadras, azul turquesa en los edificios de Huhhot. Lana, baijiu, sauces. Budas escondidos tras las paredes de roca, lloran la pintura, sonríen beatíficos puesto que hay paz en la austeridad.

Humo invisible, deshechos en las calles, noche de tinta. Aunque muchas, poco titilan las estrellas.
Desierto y pradera. Camellos poco autóctonos, caballos pequeños y robustos. Jinetes con pañuelos y chaquetas adornadas con clavos chapados.

Tierra de dinosaurios y lanzamientos espaciales. Muestra patente de una industrialización voraz y acelerada, que arranca las raíces para instalar kilométricos canales, tubos, hélices, aspas, chimeneas, reactores humeantes.

Miríadas de camiones, los tuaregs modernos, migran en vastísimas manadas hacia la capital. Verduras, carne, cuero, metales, runas, residuos, misteriosas cargas cubiertas por lonas. Su ritmo es lento y torpe, con frecuencia se enredan y quedan parados durante horas, formando largas filas de mastodontes que se pierden en la vista y juegan con la percepción de las distancias.

Salen y entran. Extraen. Mina inagotable de jugo natural. Esencia de grada. Una piedra. Un plato. Una naranja. Una sabrosa naranja sin madurar.


PD: Al final he decidido que este texto tiene todas las imágenes que podría necesitar.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Fauna callejera (II)


Sea por el hecho de convivir rodeado continuamente de gente por todos lados, por técnicas de relación social basada en guanxi (vínculos de interés) o sencillamente porque los chinos parecen saber siempre a lo que van, el día a día del contacto directo con extraños es difícil e impredecible.

No resulta complicado entender que, con el continuo bombardeo de rostros que uno padece cuando sale a la calle e interactúa con los demás de forma indirecta, se tienda a la educada indiferencia o a la más descarada ignorancia, por comodidad y falta de propósito real. Ni miradas, ni gestos, cuanta menos comunicación más efectivo es un ensimismamiento que no en pocos casos supone el único paréntesis de privacidad en este sobrecompartido tren de vida.

Sin embargo, cuando el interés aflora no les tiembla la voz en dirigirse con toda la naturalidad del mundo, incluso echando mano de una confianza que para nosotros, desconfiados y recelosos, no hace más que disparar alertas. Aparecen entonces los asaltadores.

Te los puedes encontrar de varios niveles: en escenarios muy localizados, como zonas turísticas o muy frecuentadas, se te abalanzan con tonadillas y una gran sonrisa para ofrecerte alguno de sus productos o servicios, generalmente guía turístico sin licencia. En general son todos muy persistentes e impulsivos, por lo que ante una respuesta vaga o indecisa se te agarrarán (en ocasiones literalmente) abogando a tu sentido del pánico, la timidez o la educación. En este caso lo mejor es sencillamente ignorarlos o inventarte una excusa irrefutable puesto que no se amilanan ante simples negativas. ¡No te sientas mal! No es recomendable seguirles el juego, puesto que suelen ser cebos para timos mayores.

Sobre la tendencia de los vendedores chinos por aferrarse al cuello del cliente ya hablaré más adelante.

A este otro grupo de asaltadores los denomino “inocentones” o “xenofílicos”, puesto que tienen a los extranjeros como su único objetivo. Pueden ser estudiantes de inglés con ganas de practicar (cuidado aquí, también pueden apelar a tu bondad y llevarte a otra estafa, sobre todo si tratan de cazarte chinas jóvenes y atractivas, ¡estudio de mercado!) aunque principalmente conforman esta categoría los habitantes de zonas rurales que viajan hasta la capital para realizar turismo interior y que nunca han visto un narigudo en vivo y en directo. Ni cortos ni perezosos se te echan encima haciendo gestos con las manos hacia la cámara, dando por supuesto que dejarás que te fotografíen con entusiasmadas muchachuelas o sorprendidos ancianos. No te importa, incluso puede llegar a alagarte, pero no te engañes, en el fondo no puedes evitar sentirte atracción de feria.

Para mi amigo Niki el asunto empezó a perder su gracia a partir de la octava fotografía

Por último están los asaltadores aleatorios, la especie definitiva. Hombres de mediana edad en general, sin ningún rasgo característico que te ayude a “ficharlos” de un vistazo, que tienen perfeccionada la habilidad de pillarte con la guardia baja para enfrascarse en una extraña perorata de cara de póker. Ladinos ellos, suelen escoger momentos de difícil evasión, como cuando tratas de sacar la bicicleta de la maraña de vehículos en los parkings, estás esperando en alguna cola o sales del metro por las mecánicas.

¿Qué quieren? Es difícil descifrar. Tratan de persuadirte para que les sigas el rollo, explicándose sin mucha vergüenza en un chino bastante coloquial, obviando la posibilidad de que te cueste horrores entenderles. Entrenados para derribar toda excusa y con suficiente cabezonería como para pasar por alto toda negativa frontal, son un digno rival para el más paciente.

Al final, lo más efectivo es optar por la mejor estrategia: largarse sin contemplaciones.

Ya se disertaba sobre esto mismo hace unos cuantos siglos: la mejor victoria es la que se obtiene sin batalla.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La ciudad conservada


Beijing no sólo es grande. Beijing se siente grande. Se trata de una percepción que tarda en asaltar al viajero y que cómodamente anida en el residente. Paseando en bicicleta, subiendo y bajando por sus calles, atravesando canales o trasladándote de un barrio al siguiente son las mejores formas de empaparte de esta emoción. Y es que, sobre todas las demás cosas, Beijing se porta como una capital.

Para mi suerte he tenido la oportunidad a tan temprana edad de recorrer las calles de algunas de las más encantadoras ciudades europeas, y la magia que desprenden sus piedras, los edificios, el color de las paredes, las sombras de las estrecheces y las luces de las plazas juegan en otra liga al embrujo de la Capital del Norte.

Los bastiones europeos han perdido con el paso del tiempo parte de la función humana para con su entorno, ensañándose en un afán de inocente vanidad por autodefinirse en sí mismas. Han confiado en su portentosa imagen y en el hacer de sus habitantes para construir su cáscara de belleza. ¡Y qué belleza! Sin embargo, han sacrificado en ello un componente que considero esencial y que mantiene a una ciudad cohesionada con su historia: el contacto con el extrarradio.

Sería imprudente afirmar que exista alguna ciudad que pueda o trate de mantenerse a sí misma por sí sola, no digamos las metrópolis del viejo continente que antes he embestido suavemente. No quiero hablar económicamente (que diría Judt) ni mediante pragmatismo funcional, puesto que sería embarcarme en campos que domino más bien poco. Estoy aludiendo directamente al espíritu, al ambiente que se respira en sus arterias, a los rostros del día a día.

Además del hogar para obreros, empresarios y una miríada de funcionarios, Beijing es también un punto de destino esencial para un gran número de habitantes de zonas rurales que viajan hasta allá de forma estacional o periódica para vender sus productos. O si no lo hacen ellos mismos, intermediarios de confianza que se alejan del mercantilismo de supermercado.



Estas personas forman parte de la ciudad tanto como sus habitantes más endémicos, puesto que establecen con ella una doble ligazón económica y sentimental. Los mismos individuos que cultivan sus bienes recorren su camino hasta el núcleo urbano como hacían generaciones anteriores para venderlos a sus iguales. Hay en esta ruta de fuera a adentro un savoir-faire genuino y natural que para nada nos debe dejar indiferentes, pero que tampoco escapa de lo cotidiano y habitual, otorgándole un aura de gracia que puede ayudarnos a entender porqué China todavía se debate entre dos mundos.



¿Y por qué escoger? La historia nos ha demostrado que la mecanización exacerbada ejecuta el alma. La riqueza de la nación debe llegar a estos campesinos que venden con alegría en los mercados de barrio, en las calles con sus carros, en las esquinas de las avenidas, en las salidas de los metros. La miseria debe desaparecer para que terminemos de convencernos de la nobleza y la hermosura del trabajo rural, que llevado por quien lo ama y respeta sólo transmite orgullo.



La ciudad que veo en Beijing todavía conserva de ese modelo de metrópoli donde coinciden y conviven en armonía habitantes de dentro y de fuera, ciudadanos todos.

jueves, 15 de septiembre de 2011

La multicolor olvidada


Open your eyes...

¿Qué hacen todas esas estructuras con forma de arcoíris enmarcando cada lado de algunas de las avenidas más concurridas de Beijing? Gruesas construcciones de plástico y metal con tonos deslucidos por el tiempo que, si no estuviésemos hablando de un país tan pretenso a la homofobia casi consideraría dignos del Orgullo.

... I see you...

¿Formará parte de ese catálogo de imaginería comunista utópica pasado de moda? La URSS también jugaba esta doble técnica un tanto surrealista de mezclar lo bucólico de una unión de pueblos abrazando la paz del socialismo con el gris más férreo y burocrático de un Estado fuerte de titánica administración.

... your eyes are opened.

En cualquier caso, ahí tienes los pedazos d’arc-en-ciel, viejos y sin limpiar, llenos de bombillas que parecen no encenderse nunca, como un árbol de Navidad dejado a exposición. Como si los chinos se hubiesen olvidado de ellos, de aquello que en nuestro código representan para reducirse una vez más a otro elemento de estampa cotidiana.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El poder del sello oficial

Quizá uno de los atractivos más morbosos para el atento observador sea experimentar las manillas de la burocracia en un Estado donde, digámoslo de nuevo, la administración cuenta con un peso tan relevante.

A lo poco que te pongas empiezas a recrear imágenes orwellianas de largos despachos grises y desnaturalizados, repletos de cuadros que rememoran los perfiles de los más ilustres dirigentes del régimen: mirada puesta en el infinito, oteando el prometedor futuro de la nación, juzgando el hacer de su pueblo. Funcionarios uniformados, secos, serios, eficientes. Bombonas expendedoras de agua que sabe a rayos. El olor nada.

La imaginación es una sucia traidora.

Los departamentos vinculados con la conservación de la seguridad nacional intimidan en su justa medida; allí sí que puedes sentir el frío de la impersonalidad documentalista, el silencio inquebrantable, la oficiosidad del trabajo ordenado. Sólo allí. Vamos allá con la anécdota que me sirvo de ejemplo:

Acuciado por la necesidad de realizar un par de preguntas a mi coordinador (más adelante me enteraría de que es una mujer, ¡por eso se reían por lo bajini cada vez que inquería por Mr. Lai!) me decido a buscar la oficina correspondiente, armado con señas y el estómago lleno (imprescindible, el tiempo es cruelmente inflexible cuando pasas hambre). Conforme me acerco al bureau se me aparece con más claridad la primera característica esencial de la burocracia china: las colas.

No son colas normales. Son largas, muy largas, y serpentean como el cuerpo de un dragón, extendiéndose hasta donde el espacio deje sitio. En una constante contrastada con otros testimonios, los extranjeros tendemos a respetar la cola religiosamente, con una educación resignada digna de una herencia estoica (porque no hay más huevos); los chinos, a todo esto, se la saltan haciéndose los locos. Ley de vida.


Dramatización

Para cuando te das cuenta ya llevas veinte minutos sin moverte del sitio. Hay previsores que incluso se llevan una silla plegable. Otros aprovechan para hacer amigos o ligar. Si es que no hay nada como la adversidad para unir lazos.

Observo que toda esta gente viene a realizar gestiones de registro, pero yo sólo quiero preguntar. Sólo hay una entrada: me toca hacer la cola como todos los demás. La oficina en cuestión es una sala rectangular con una pared falsa que la divide en dos mitades, dejando dos accesos a cada costado como vía de comunicación.

Los reos avanzamos pasito a pasito realizando un circuito alrededor de todas las mesas en sentido de las agujas del reloj. No puedes sentarte. No hay donde apoyarse. La gente te empuja para que avances. Los empleados van vestidos más o menos como quieren, aunque sin faltar a la formalidad. Sudan, gritan, te ignoran cuando les conviene y, lo más importante, no les gusta lo más mínimo que les hagas preguntas. Les quitas tiempo. Mal asunto.

Mi turno, avanzo hasta la casilla de salida. La chica me da un papel (¿un formulario?) para que lo rellene. Tengo que pasar por todos los steps. Le digo que no vengo a registrarme, que sólo quiero hacer preguntas. Me responde que ya lo sabe. Me pide documentación. Como puedo empiezo a sacarlo todo del archivador, tras lo cual me estampa dos sellos en mi cartilla de puntos y me insta a seguir. Desorientado y confuso soy arrastrado hasta la siguiente estafeta. Reacciono rápido y en vez de seguirle el juego le pregunto por mi contacto. Está en la otra punta de la sala.

En fin, no voy a entrar ne más detalles sobre mis gestiones. Me gustaría destacar eso sí que la chica, pese a entenderme, le pareció más conveniente seguir con lo empezado y mientras me llevaba com cagalló per séquia terminó con mi registro, a pesar de que la fecha oficial para realizarlo era el día siguiente. Yo, a todo esto, tenía en las manos más papeles de los que podía sostener y no entendía cómo me habían enredado para hacer lo que querían, cuando sólo necesitaba información.

Sin embargo, el proceso es el proceso, y "como a un perro" me manejaron para engrasarme, torcerme y colocarme en la rueda mellada. El poder tras los sellos, la inevitable vulnerabilidad del individuo, que sólo puede hacer cola, seguir las instrucciones y esperar por lo que más quiera a tener todo lo necesario fotocopiado dos veces.

El método es infalible, pragmáticamente hablando es incontestable y cumple con sus propósitos. Es un hecho que ni se me ocurriría negar, puesto que a pesar de todo, la tarea para cuando se acaba el día está terminada.

Sin embargo al final de la jornada salgo de la 办公室 agotado, angustiado y con un terrible sentimiento de desvirgamiento gubernamental.

Sin terminar de resolver mis dudas.

Eso sí, eficientemente registrado. Como todos.

martes, 6 de septiembre de 2011

Fauna callejera (I)


Rodando en mi bicicleta de camino hacia la parada del metro bordeo durante un buen tramo uno de los ríos/canales de Beijing. Es ancho y parece profundo, tiene una corriente de mediana fuerza pero no retruena con ningún tipo de sonido, puesto que en la Capital del Norte el agua es muda.

Entre las pequeñas crestas de espuma morena advierto unas figuras que al primer vistazo tomé por patos. Se trataba en realidad de chinos nadando lentamente, mecidos por el curso sin oponer más resistencia que la de algunas suaves y milimétricamente trazadas brazadas. Se zambullían con la gracia que tienen la mayoría de chinos para hacer las cosas, liberados de cualquier prisa y a un ritmo único que sólo entiende de un propio entrenamiento. Era más curioso en el momento el choque de la bulliciosa ciudad con la paz inspirada de estos nadadores que el irreparable hecho de que flotaban en un agua repleta de sedimentos contaminados y ahumada con los gases perniciosos de millones de chimeneas.
No pude dejar de acordarme de aquel político chino a quien cedieron la victoria en una carrera de natación a pesar de no llevar ni dos semanas masterizando el crol. Quién sabe, quizá algún día de estos me encuentro con algún viejo ejecutivo chapoteando con los manguitos.



Por los alrededores de la universidad se falcan convenientemente una buena cantidad de oportunistas: vendedores de rodajas de melón, frutos requemados y Iphones de regateable precio; paraditas de helados, mendigos cantores y estudiantes chinos con su anuncio de búsqueda de speaking-partner escrito en cartelitos minúsculos. Sin embargo, el espécimen más curioso quizá sea la mamá burócrata. Se trata de mujeres de cierta edad que se sientan en los bordes de los setos a lo largo de 中关村东路 (quizá en más lugares, yo sin embargo accedo siempre a la 人大 por la 东门) sosteniendo en sus brazos niños de pocos meses, algunos hijos propios u otros alquilados y que duermen o lloran según se preste.

Estas mujeres miran a los transeúntes en busca de estudiantes extranjeros mientras en sus piernas guardan sospechosas bolsas de plástico con comida. Según una fuente de confianza, a la mínima que te vean interesado te ofrecen sin demasiados tapujos la posibilidad de adquirir a un precio irrisorio (en ocasiones hasta 10元) carnets universitarios falsificados, documentación nacional y foránea ilegal e incluso una titulación o diploma de master… ahorrándote un montón de tiempo!

La gracia de que lleven colgando la criatura en todo momento se debe en apariencia al hecho de que si la policía en una de estas prepara una redada, no pueden detenerlas puesto que el menor les otorga algún tipo de protección legal.

Si encuentro alguna forma de contrastar esta información sin incurrir en el delito lo añadiré a la entrada.

Si no, conformaos con el rumor.


lunes, 5 de septiembre de 2011

Lázaro al volante


Habrá quien haya oído hablar del tráfico en China. Esa resobada estampa de coches, bicicletas y scooters moviéndose a tropel por las calles, enfocada de cara o de culo para que veamos cuántos chinos hay en China, todo aderezado con el característico smog y el sol pálido tan de la tierra.
Lo que sin embargo no saben transmitir tales imágenes de archivo (típicas de Informe Semanal) es la brutal inseguridad con la que el individuo poco acostumbrado se codea cada vez que pisa la acera.

Sabeu aquell que diu que te ha tocado el carnet en la tómbola? Aquí debe venir con la compra de un paquete de arroz, porque hasta el palurdo más inhábil puede ponerse al volante de uno de esos trastos y jugarse no sólo su vida sino también la de los demás (inocentes e inconscientes, dos adjetivos a la vez inclusivos y exclusivos, ¡qué cosas!) sin el más mínimo reparo.

¿Los semáforos? De adorno. ¿Las marcas viales? Aportan bicromatismo al asfalto, un toque de elegancia retro como tributo al cine mudo. ¿Guardias urbanos? En China hay seguratas por todos lados excepto regulando la circulación. Si Euristeo le hubiera encargado a Heracles ponerse un gorro, comprarse un pito y que se colocara en cualquier avenida medianamente grande a redirigir automóviles, me juego medio huevo a que hasta Hera se hubiera apiadado de él.

Así que si alguna vez cometéis la insensatez (¡como yo!) de torear cacharros de cuatro, tres, dos (e incluso una) ruedas, id con los tres ojos bien abiertos en todas direcciones, ni se os ocurra rushear lo más mínimo y aprended (¡por lo que más queráis!) a cruzar a la italiana lo más rápido posible o seréis pasto de la bestia parda china: el rickshaw a motor.

Beware!


Cree el ladrón...

Ayer mientras viajaba en el metro de la línea 10 despertó mi curiosidad un cartel de publicidad que cubría una ventanilla superior. China mobile. Expertos en los suyo, reza su motto. En la imagen, un modelo andrógino sostiene alegremente un smartphone, sonriente muñeco de plástico. El teléfono no tiene mucho secreto, es de la familia de los Samsung Iphonicus, genérico como él solo.

Pero del conjunto lo que más me llamó la atención fue la muestra del menú del aparato. Junto con otros iconos de acceso directo más clásicos podías encontrar uno bien visible que te redirigía directamente a la página principal de Youtube.

¡Youtube! ¿Qué carajo hace una compañía con afinidades filogubernamentales promocionando un servicio cibercensurado en China? ¿Algún error de búsqueda baidurina (BaiDu, el google chino) del maquetador? ¿Triquiñuelas del publicista que quedan lejos de mi todavía temprana comprensión del savoir-vivre pekinés? ¿O es que el sino3G va con Proxy de regalo si contratas la tarifa de datos +25?

Oh, the irony!


Fuente: thepoliticalcarnival.net

domingo, 4 de septiembre de 2011

Consideraciones

Soy una persona seria. Sin embargo, éste NO es un blog serio.
Pluma por pincel nace como la versión digital de un cuaderno de reflexiones que voy alimentando regularmente con tinta de estilográfica. No es un diario, puesto que no hablo de mí ni le doy de comer todos los días. Es más bien un recipiente donde volcar todas las breves reflexiones que de espontáneos detalles echan rama. Así pues, no existe garantía alguna de que lo que yo produzca, a pesar de ser real, sea objetivo. De hecho, voy a desmentirlo ya: todo es propia opinión, y como tal ha de ser tratada.

El estilo puede ser irregular, me quiero permitir esta licencia. No se trata de un trabajo de alta literatura, por mucho que me guste darle a la letra. Más bien quiero que sean pequeños bocados de idea, desarrollados bajo una línea seguramente irrepetible. Si el lector se siente con ganas de comentar, le aplaudiré lo más fuerte que pueda antes de contestar.

Todo lo dicho hasta ahora tiene validez mientras así lo considere oportuno. Quizá luego cambie de opinión. Quizá no. Sin compromisos brotan mejor las palabras.